Gotas fluyen por un cuerpo agachado en la blanca, fría superficie. Cuerpo desnudo, mente inerte; sin fuerzas el cuerpo, sin hambre la mente. Fuera de ese frío cuarto el agua también cae con fuerza, los dos ruidos de los líquidos cayendo se mezclan y dan vueltas por un momento, que pronto será un recuerdo.
A esta mojada magia se le unen unas tímidas gotas resalando por mejillas, agua salada y agua dulce empatizan y el dolor baja por las cañerías, mientras las ganas de rendirse se acentúan, y la falta de comida la esclaviza. Tembleque de piernas y dedos, el llanto no cesa, la cabeza cada vez más gacha hasta que termina entre las rodillas, el puño se aprieta y se suelta; no hay fuerzas.
Un tarareo se escapa de sus labios, roto. Una melodía desafinada sin sentido en aquel silencioso y estruendo segundo. Las tímidas saladas gotas pasan a ser atrevidos borbotones, esto pasa cuando canciones pasan a ser dolores y cuando acciones se quedan en intenciones.
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